An excerpt from Hildegarde, Una Luz Tan Intensa

 

   -Como queráis, señora dijo con contenido enojo-. Transmitiré vuestro pesar a los hermanos.

            -El pesar es vuestro, mi señor abad- se apresuró a replicar la mujer-. Yo no tengo pesar alguno. Es más, confío en que algunos de vuestros hermanos comprendan mi necesidad de respetar mi voto.

            Con el rostro encendido de rabia, el abad efectuó una rígida reverencia antes de marcharse. ¿Cómo se atrevía a hacerle aquello a él? Jamás se lo perdonaría. Estaba tan ofendido por la decisión de doña Jutta que no reparó en que su prima tampoco los había acompañado hasta llegar al umbral del refectorio. El doble insulto avivó su resquemor, pues le ponía en el brete de tener que explicar y disculpar la  ausencia de dos invitadas.

            Mientras permanecían junto a la puerta, Hildegard retrocedió hasta pegarse a la rodilla de su padre, impresionada por la solemne hilera de monjes que avanzaban con lentitud a sulado. Cerró los ojos y oyó el crujido de sus sandalias sobre la paja recién cambiada del suelo del refectorio y, al abrirlos, los vio cruzar los brazos al tiempo que tomaban asiento a las largas mesas de madera.

            Una vez  dentro, notó sus miradas prendidas de ella mientras el abad los conducía a su mesa, ante la que se detuvo, y elevó los brazos al cielo para invocar la bendición de san Benito, su fundador, y de san Disibod, patrón de la abadía. Acto seguido ofreció un brindis a la salud de los condes, tras locual los hermanos alzaron por tercera vez la copa en honor de la desconcertada niña, a la que habían aposentado precipitadamente encima de un cojín de paja, con el que a duras penas llegaba a la mesa. Rodeada por un mar de negras túnicas, la pequeña parecía un piedrecilla blanca arrojada de noche a la orilla.

            Al amanecer, el tañido de las campanas de la iglesia, que pareció sacudir las paredes de la hospedería, sobresaltó y despertó a los condes. Ambos miraron al instante a Hildegard, que todavía dormía con los bracitos estirados. El conde se inclinó para tocarle la barbilla y en el dedo notó la caricia del dulce aliento de su hija. Aún quedaban unas horas.

            Tras vestirse con premura, los tres se lavaron la cara con el agua del cubo que les habían dejado en la puerta. Mechtilde se sentía aturdida mientras peinaba por última vez el cabello de Hildegard y se lo recogía con la cinta azul de Clementia.

            Luego abandonaron la casa de huéspedes y se dirigieron con precipitación a la iglesia de la abadía.

             -Los hermanos están esperando anunció con nerviosismo y patente alivio el prior.

            Hildegard notó el sudor en la palma de la mano de su padre mientras cruzaban el umbral. El templo estaba oscuro y era muy amplio, como un bosque, con la diferencia de que allí todo era de piedra. Unos colosales árboles pétreos se elevaban a  ambos lados, y por sus troncos trepaban recias enredaderas cargadas de extraños frutos y flores. Desde las ramas se asomaban hacia ella, enseñando sus aceradas dentaduras, unas caras humanas rematadas con cuernos. Más arriba, los arcos semejaban brazos que se extendían para tocarse en  el techo. En el fondo, el altar relucía con tal contraste entre la oscuridad que la pequeña temió que se hubiera incendiado y se aferró aún con más fuerza a la mano de su padre.

            Entronces alredebor de ella comenzó a sonar un cántico. El nuevo sonido la abrazó y levantó del suelo, de forma que pasó flotando junto a las filas de monjes instalados en dos hileras ante el altar. Primero cantaban los de un lado, luego replicaban los del otro, como si formaran pareja en la interpretación de una gallarda danza. La tremenda fuerza y belleza de aquel sonido la mantenían a flote, en éxtasis. Las voces se elevaron aún más gloriosas todavía…

            La presión de la mano de su padre la sobresaltó. Entonces advirtió que su madre se estremecía a su lado.

            Al  aproximarse al altar, Mechtilde sintió un ahogo. El corazón le dio un vuelco cuando vio las antorchas funerarias que flanqueaban los escalones mientras los cantos parecían enroscarse en torno a Hildegard como un sudario. Por un momento sintó la tentación de coger a su hija y echar a correr.

            Dos monjes acudieron para escoltarla hasta el ara.  Uno se colóco a su lado mientras el otro precedía a ambos para purificarle el camino con incienso.  La niña se sintió aliviada al ver a doña Jutta, que le sonreía desde el altar, donde formularían el voto de servir a Dios como magistra y oblata.

            Una vez pronunciadas las promesas de cumplimiento de sus sagradas funciones, la niña experimentó una repentina sensación de vértigo, propiciada por el incienso que ascendía ante sus ojos en espiral, como una serpiente en movimiento.

            Una tras otra, se apagaron las velas hasta que la capilla quedó sumida en la oscuridad.  Hildegard buscó a tientas la mano de doña Jutta.

            Entonces un súbito crepitar quebró el silencio al tiempo que se encendía la primera antorcha funeraria.  El fuego, que prendió con rapidez en los secos juncos de que estaban confeccionadas, Ilenó el aire con un ominosos bisbiseo.  En lo alto, las camopanas comenzaron a repicar lentamente, como Ilamadas de socorro, simbolizando con su lamento el paso de la vida a la muerte, el abandono del mundo de la anacoreta y la niña por una vida de reclusión en la ermita.

            Al lado de ambas aparecieron dos monjes que las urgieron a ponerse de rodillas y luego postrarse ante el altar, co los brazos extendidios en cruz.  Después las taparon con sendos paños moruorios negros.

            Alrededor, el coro de voces de los frailes se elevaba como una ola encrespada.

            -Placebo et dirig.- Había comenzado el oficio de difuntos.

            -Ve, alma, sal de este mundo en nobre del Padre Altísimo, que te creó.

            «Sal de este mundo…»  Al recordar el nacimiento de Hildegard, Mechtilde se mordió los nudillos hasta que le sangraron.  Su décima hija estaba a punto de desaparecer del mundo.  A partir de entonces la cubrirían con bastos tejuido de lana; nunca luciria un vestido de damasco rosa.  Su cuerpo florecería y se marchitaría sin que nadie lo tocara, sin haber apretado contra el pecho ningún niño para acallar su primer Ilanto.

            -Escuchad, oh hijas, y ved, tapaos los oídos y olvidad a los vuestros, la casa de vuestro padre.

-¿Qué hemos hecho?-musitó Mechtilde con un estremecimiento-.  Es demasiado joven e

inocente…Nunca más correrá en libertad por.las cuestas de los viñedos cubiertas de companillas y varas de oro ni buscará piedras con musgo en el bosque.

–Que muertas para este mundo, Vivian en Vos……

En las capilla se hizo el silencio y los monjes quedaron inmóviles como espectros, con las cabezas inclinadas, las caras ocultas bajo las capuchas.  Paracía que el silencio iba a durar toda la eternidad cuando Ilegó el paroxismo, el nuevo nacimiento.

-En medio de la muerte, estamos con vida-declararon los cánticos.

-¿Entraré en la morada del portentoso tabernáculo!- entonó el coro al tiempo que los dos monjes

retiraban los paños morutorios.

La niña estaba aterrorizada cuando la pusieron en pie.  Tenía las majillas encendidas y los rubísimos rizos pegados a la frente a causa del sudor.  Atenazada por el miedo, clavó la mirada en el rostro de su padre, que se acercaba, en busca de consuelo y le suplicó que la sacara de aquel sitio espantoso, Ileno de humo asfixiante que la había ahogado mientras yacía en las frías losas del suelo.

Aunque tenía el corazón destrozado, el conde no osó responder a su mudo ruego.  Controlando la firmeza del pulso, le colocó en la cabeza una corona de hierdra, como si no advirtiera el temblor de su barbilla ni sus desesperados gemidos.

Después le tendió el reluciente plato de oro que contenía su dote: la escritura de sus viñedos.

La niña lo alzó con sus diminutas mano, guidas por las de su padre, ofreciéndose a sí misma a cambio de las uvas machacadas, del rojo vino que vertido en cálices se transformaría en sangre en los altares de Renania, en conmemoración de otro sacrificio, el de Cristo.

El abad se inclinó para recibir la ofrenda.  Mientras la chiquilla sostenía con brazos trémulos el plato, sus ojos despidieron una luz que lo traspasó.

-Doña Hildegard, habéis dejado atrás vuestra antigua vida.  Ahora comienza para vos una nueva vida de reclusión con vuestra magistra.

Los monjes retiraron las antorchas del altar y, con ellas en alto, encabezaron la procesión hacia la ermita.  Con una rama verde, el abad esparció agua bendita sobre el umbral del recinto, por todas sus habitaciones y luego sobre la puerta que daba al patio, cuya reja se abriría sólo para las vistas.

Llegoado el momento, el conde se hincó de rodillas y tendió los brazos a Hildegard, quien, confortada por su contacto, volvió a sentirse a salvo, confiada en que todo sería como antes, en que por fin regresaría a su casa.  Entonces notó que su padre se estremecía mientras la estrechaba, como un tronco reducido a brasas que se desintegrara en el fuego.  Cuando se hubo apartado, la pequeña sintió las mejillas de su madre, húmedas de lágrimas, y a continuación sus manos sobre la cara acompañdas de un torrente de besos.  Acto seguido Mechtilde retrocedió con un hondo sollozo y se reunió con el conde y el abad, que ya trasponían la puerta para cerrarla, mientras Hildegard quedaba al otro lado.

En presencia de los padres, los obreros se acercaron con las herramientas dispuestas y rápidamente cubrieron de argamasa el hueco de la puerta, hasta que no quedó ni rastro de ella.  El encierro era ya completo.

En el interior, Hildegard corría de un lado a otro, atemorizada y aturdida.  Miró a la anacoreta y observó que se esforzaba por mantener los brazo cruzados, a pesar de la compasión patente en su mirada.  A su lado, la criada exhaló un sonoro suspiro, con los ojos anegados en lágrimas. La chiquilla recorrió todas las habitaciones Ilamando a gritos a sus padres, convencida de que se habían escondido, y luego procesdió a aporrear la puerta, observada en silencio por las dos mujeres.  A continuación comenzó a golpear a la anacoreta.

-¡Dejadame salir!-exclamaba mientras Jutta permanecía de rodillas.

La mujer tomó los pequeños puños entre sus manos e intentó besarlos mientras la niña se agitaba

sollozando.

Al pie de la pendiente, ya lejos, los padres se detuvieron para mirar por última vez la ermita.

En la cima atisbaron dos bracitos tendidos por entre la reja de una ventana y unas manos que se movían

frenéticas, como las alas de una mariposa asustada.

-¡Señor!-exclamó una voz temlorosa-.  ¡Señora! Os habéis olvidado de mí. ¡Habéis olvidado Ilevarme a casa!